Como todos los años desde fue capaz de sostenerse sobre sus ahora largas piernas, o incluso cuando fue capaz de gatear, Andrea se asomaba al balcón mientras su familia preparaba la cena de nochebuena. Siempre la acompañaba Ana, su madre, quien pasaba ese rato con la mirada perdida al comienzo de la calle.
Ana siempre esperaba ese momento en el que la calle solitaria, porque todas las familias se habían reunido temprano para cenar, se oían los paso que llegaban por la parte de arriba de la calle y tras recorrerla entera, se perdían por abajo. Era la única vez en el año que lo veía y era lo único que le quedaba de él hasta el año que viene.
A Andrea le fascinaba lo vacía que estaba la ciudad a esas horas y como, en pocos minutos, las tiendas cerraban y vaciaban la ciudad. La calle se llenaba de olores, risas, lloros de niños y de los pasos de ese hombre que mamá miraba como si ese fuera su único regalo de navidad.
Se oyeron los pasos y Ana pensó que este año los arrastraba un poco más que el año anterior. ¿Estaría bien? Vio recortarse su larga figura sobre la luz de las farolas del fondo. Mientras se acercaba al balcón sólo era una especie de sombra china sobre la pared. Andrea no poder ver su cara pero estaba deseando que los ojos llenos de dulzura del extraño la miraran. Había sido un año duro, el mas duro de sus 15 años, y sólo deseaba que el extraño la mirara. Cuando Roberto la dejó, sólo deseó que el extraño la mirará, cuando se cayeron con la moto Lara, ella sólo deseó que el extraño la mirara.
A medida que se acercaba se empezaba a oír la canción que invariablemente todos los años el extraño silbaba cuyo título Andrea desconocía pero que cada vez que su madre oía se le dibujaba esa triste sonrisa en los labios que iluminaba con recuerdos que ella sólo conocía y le hacían feliz.
Unos metros antes de llegar al balcón levantó la cabeza, sabiendo que el año valdría la pena si veía las piernas colgando de Andrea y la mirada de Ana. Se encontró con las piernas de la Niña y la mirada de ambas. El año era mejor de lo pensaba.
- Cómo ha crecido y que guapa está
Pensó mientras trataba de dibujar una sonrisa que les dijera que a pesar de todo la vida le iba bien y quizá, como regalo de navidad, podría engañar a la Niña pero a Ana no podría.
Como cada año Andrea miró a su madre feliz de ver al extraño otra vez. Todos los años le veía esa mirada, pero este año por primera vez comprendió lo que significa una mirada que se derrite en lágrimas. Entendió que la mirada de su madre miraba más allá de la ropa vieja y la rota mochila negra que el extraño llevaba. Ana volvió la cabeza para mirar como el extraño miraba a su madre. Entendió que en ese momento podría estallar el mundo en mil pedazos y ellos seguirían mirándose. Sonrió con complicidad al extraño para el cual con la mirada de la Niña ya podía acabarse el mundo, en mil pedazos o como fuese.
Siguió caminando sin detenerse y sin dejar de silbar esa canción que Andrea no sentía como extraña, que su madre la hizo suya y que cuyo titulo era La casa del Sol naciente.
El encanto lo rompió la voz chillona de su abuela llamándolas para la cena. Una cena de comida abundante, bebida abundante, conversaciones banales y miradas cómplices con su madre, miradas que su abuela vio, supo interpretar y maldijo a ese extraño que en su momento no lo fue.
Cuando acabaron de cenar, los abuelos de Andrea intentaron que volviera a cantar esos villancicos que tan bien cantaba cuando era pequeña, como el año pasado, pero ella ya no era la del año anterior, de hecho no era la de hace dos horas y cuando silbó la canción que silbaba el extraño su abuela le gritó, por primera vez en su vida que:
- Quiero que sea la última vez que oigo esa canción en esta casa. ¿Entendido?
Andrea miró a su madre y otra vez su sonrisa cómplice con la que le dijo que no siempre el camino fácil es el buen camino.
Le dieron sus regalos, los mas grandes, los mas caros, los mas lujoso pero su juego preferido esa noche fue irse delante de la chimenea y ver el fuego consumir la leña oir como crepitaba y soñar con aquellos mundos que sólo ella conocía.
Al mismo tiempo, el extraño calentaba sus manos en un fuego hecho con muebles viejos mientras miraba las llamas y pensaba en aquellos mundos que hubieran podido ser el paraíso de haberlos podido compartir.
Andrea no oyó arrodillarse a su madre al lado, no sintió como le acercaba su boca al oído, pero si la oyó como le susurraba:
- ¿Por qué no vas al Callejón del Gato?
Andrea la miró y con su voz de miel le contestó
- Mamá es Navidad y…
- Por eso mismo hija, por que es Navidad deberías ir al Callejón.
- Y los abuelos me reñirán.
Su madre le puso con dulzura sus helados dedos en los labios y le dijo.
- Valdrá la pena. Y no olvides tus llaves
No pensaba olvidarlas, nunca lo hacía, pero ¿Por qué me lo recuerda? Cogió las llaves y acarició el llavero, un cuadrado plateado dentro de un círculo dorado, como lo hacía siempre. Era el llavero que había colgado en su cuna, estuvo siempre en su habitación y sentía que lo protegía.
Salió a la calle y se encaminó hacia el callejón. Era día de cenar en familia y andaba sola por la calle sintiendo de una forma u otra que su madre iba con ella.
Llegó al callejón donde un vagabundo de ojos tristes dijo riendo:
- Vaya tenemos una buena samaritana para nosotros solos.
El hombre sentado delante de la hoguera, el extraño, levantó la cabeza y miró hacia donde estaba Andrea que lo miró y una lágrima rodó, sin saber el motivo, por su blanca y fría mejilla hasta llegar a la barbilla. Justo en el momento que iba a caer en su nueva camisa, el extraño lo evitó acariciándole con suavidad.
- Ven, siéntate.
Le dijo mientras veía al vagabundo de ojos triste decirle algo en el oído a la mujer, que tumbada sobre un cartón y arropada por una deshilachada manta gemía en silencio de dolor.
- ¿Quién eres? – Le preguntó Andrea al extraño.
- Que más da eso. Háblame de tus sueños.
Jamás lo hubiera hecho con nadie pero sentía que toda la vida había necesitado contárselo al extraño. Le habló de sus viajes soñados, de sus amores soñados, de su vida soñada. No habló de su extraño soñado.
El le habló de viajes, de soledad, de amigos perdidos, de una mujer, de las manos de esa mujer, de la mirada de esa mujer, de la risa de esa mujer que cada vez mas iba pareciéndose a su madre.
Andrea le preguntaba por esos viajes y por esa mujer. El callaba, sonreía y volvía a escuchar los sueños de ella sin perder un segundo de vista la mujer de la manta.
En un momento dado, el extraño cogió un trozo de madera y lo lanzó al fuego, dejando al descubierto su antebrazo y el tatuaje que llevaba: un cuadrado dentro de un círculo
- Tengo que irme
- Claro.
Andrea le dio un beso en la mejilla al extraño al mismo tiempo que le acariciaba la otra mejilla.
Ahora las lágrimas que rodaban eran las del extraño, quien a pesar de tantas lágrimas que habían inundado su vida, tuvo el tiempo justo de esconderlas donde estaban las demás, pero estas eran especiales.
Al irse volvió a pasar delante del vagabundo de ojos tristes que ahora la miraba diferente, con cariño. Andrea, impulsivamente, no pudo evitar preguntarle:
- ¿Quién es?
- ¿Él?- Andrea asintió- El Angel.
- ¿Angel que mas?
- No sabemos como se llama, nosotros le llamamos el Angel.
Ahora encajaba todo, o casi todo, o nada, o poco. No lo sabía pero sentía que esos recortes de periódico que su madre guardaba entre los libros empezaban a tener sentido y se fue corriendo hacia casa, a buscar esos libros, esos recortes.
Mientras, el extraño fue hacia la mujer de las mantas, la cogió en brazos y le susurró al oído que toda iba a salir bien.
Andrea llegó a casa, rebuscó entre los libros: “El Angel salva a dos mendigos de morir de frio”, “El Angel saca del lago a una sintecho que cayó borracha”, “La ciudad busca al Angel para condecorarlo”…y entre uno de los libros una carta:
“Sabes que la única forma de que la Niña tenga la educación y la vida que siempre hemos querido darle es que yo desaparezca.
No olvides nunca que no dejaré de amaros y besa cada día la nariz de la Niña
Marcos”
Y cada día, sin faltar uno sólo, Ana besaba su nariz como si fuera el último beso que le iba a dar.
Mientras miraba a través de la carta el puzzle perfectamente encajado y por primera vez en su vida ella tenía un lugar entre todas esas piezas, su madre se sentó enfrente y la miró. Andrea dijo:
- La abuela me decía que mi padre había muerto – Ana asintió – Y tu me decías que mientras lo recordarás nunca moriría.
- Lo has visto ¿verdad?
- Si
- Hasta el año que viene va ser un año largo.
Alguien, a quien llamaban el Ángel, dejó a una mujer embarazada con grandes dolores en las urgencias del hospital. La enfermera lo había visto varias veces por la ciudad, vagabundeando como si cargara con todas las penas del mundo. Hoy lo veía, por primera vez feliz.
La abuela despertó a Ana.
- Tu hija se ha levantado temprano y se ha ido. Me ha dicho que con sus amigas. ¿Tu sabes algo de esto?
- Ya va siendo mayorcita para que pase algún día con ellas.
- ¿Y se quedará sin su beso en la nariz?- se burló la abuela.
- Alguien se lo dará.
La abuela pensó en alguno de sus amigos. Andrea pensó, como cada segundo de su vida, en Marcos.